Vamos a hablar de  Diego Velázquez, cómo empezó su vida como pintor y cómo terminó siendo un personaje de la corte del rey Felipe IV que además pintaba y lo hacia con tal perfección que el propio rey fue su primer admirador. Tuvo una vida interesante  y unas vicisitudes personales y profesionales que hubo de sortear y que vale la pena conocer.

Ya hablaremos de que nuestro protagonista nació en el 1599, un año después de la muerte de Felipe II y murió en 1660, un año después de la Paz de los Pirineos, mediante la cual España entregaba la primacía europea a Francia.

Pasamos a la biografía de Diego Velazquez.

Conozcamos a Diego Velázquez, (1599 – 1660).

Antes de empezar con esta biografía te tengo que recomendar visitar la historia de su cuadro mas importante, Las Meninas de Velázquez.

Primeros años (1599 – 1622).

Diego Velázquez
Diego Rodríguez de Silva y Velázquez

Realmente se llamaba Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, nacido en Sevilla a principios de junio del 1599, hijo de Juan Rodríguez de Silva y Jerónima Velázquez, se sabe que fue bautizado el 6 de Junio.

El padre,  de ascendencia portuguesa, ejercía el trabajo de “notario eclesiástico” bastante modesto y puede asegurarse que la infancia de nuestro protagonista fue bastante apretada en cuanto a recursos económicos familiares.

Aunque su padre siempre quiso presumir de ser de familia hidalga nunca pudo alcanzar el reconocimiento a ese status social, que solo le fue reconocido a su abuelo por haberlo sido en Portugal.

Diego Velazquez que el mayor de siete hermanos, Juan, Fernando, Silvestre, Juana, Roque y Francisco, siendo su hermano Juan también pintor, pero centrado en el área de la imaginería.

En aquellos tiempos Sevilla era una ciudad con un enorme prestigio, en ella se concentraba todo el tráfico de mercancías con el Nuevo Mundo y era la sede de los más importantes comerciantes europeos tanto flamencos como italianos (genoveses, pisanos y venecianos).

También era muy importante a nivel religioso, su archidiócesis era la más rica de España, y la abundancia de dinero hacía que proliferaran las familias muy ricas, los palacios muy ricos y los oficios muy ricos, todos relacionados con el comercio, la construcción y las artes decorativas, entre ellos los pintores.

Nuestro joven Diego Velázquez pronto dio muestras de una buena disposición para el dibujo y la pintura y sus padres, viendo que el ambiente era propicio, decidieron encauzar sus habilidades en ese sentido. Su primer profesor fue Francisco Herrera, posteriormente llamado “el viejo”, joven y prestigioso pintor, pero de reconocido mal carácter, por lo que la relación fue corta. En 1611 se firma la carta de contrato de aprendizaje con Francisco Pacheco, quien fue también maestro de Francisco Herrera, con una duración de seis años, Diego Velázquez tenía apenas doce años.

El contrato de aprendizaje era un acuerdo mediante el cual el aprendiz debía.

“servirle en la dicha vuestra casa y en todo lo que le dixeredes e mandaredes que le sea onesto y pusible de facer”

Entre las obligaciones “profesionales” de Diego Velazquez estaba  moler pigmentos, calentar las colas, decantar barnices, armar bastidores o tensar lienzos. A cambio el maestro se comprometía a dar al aprendiz casa, cama y comida, calzarle y vestirle y a

“enseñarle el arte bien e cumplidamente como vos lo sabéis sin encubrir del cosa alguna”

Este Pacheco era un pintor tradicional, fiel a la pintura “oficial” del momento, fundamentalmente religiosa, con algunos retratos, pero nunca coartó las iniciativas de su pupilo, realmente Francisco Pacheco terminó siendo más conocido por ser el maestro de Diego Velázquez que por sus propias obras.

Podría aventurarse que aun en el poco tiempo que estuvo con Herrera aprendió de él el empuje y la valentía a la hora de diseñar un cuadro, también se habla de la influencia de Juan de Roela, pintor formado en Italia y que, por aquella época, trabajaba en Sevilla y posteriormente en la corte pues llegó a tener tratos con el Conde Duque de Olivares.

En 1617, con 18 años, es admitido en el gremio de pintores, no queremos quitarle méritos a nuestro protagonista pero uno de los miembros del jurado calificador era Francisco Pacheco, lo  cual le autoriza pintar cuadros y obras de imaginería, a abrir tienda para exponer y vender sus cuadros y a tener taller y aprendices a su cargo. De aquella época se sabe el nombre de su primer cuadro conocido, “Los tres pastores”, el que presentó al tribunal, hoy desaparecido.

Con apenas 19 años Diego Velázquez se casa con Juana la hija de Pacheco, de 15 años, esto es señal de reconocimiento de Pacheco hacia Velázquez, pues era muy habitual formar lazos familiares para así asegurar obras y contratos, por lo que podemos intuir que el maestro reconocía el enorme potencial del alumno.

De este matrimonio nacieron dos hijas: Francisca (1619) e Ignacia (1622)

Diego Velázquez y sus obras iniciales.

En esta etapa sevillana, importante dentro de esta biografía elemental de Diego Velázquez, y de la mano de su maestro Pacheco, nuestro personaje ha seguido una línea artística marcada por las referencias a Caravaggio y Ribera, pinta cuadros muy contrastados, duros, de fondos oscuros y ambiente tenebroso.

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Los 3 músicos

Pero de pronto irrumpe con dos obras muy diferenciadas: primero “Vieja friendo huevos” tema absolutamente insólito, podríamos catalogarlo como un cuadro personal, está pintado en 1618, esa es la fecha en que nuestro personaje se casa de la hija de Pacheco y se especula con que la persona retratada en este cuadro es precisamente su suegra, la mujer de Pacheco.

Un par de años después pinta su cuadro “El aguador de Sevilla”, que es una sorpresa inusual, parece ser que es el retrato de un autentico aguador sevillano, llamado “el corzo” ¿o quizás “el corso” según la pronunciación castiza sevillana?,  que es posiblemente el mejor cuadro de su etapa sevillana, actualmente en el museo Wellington de Londres, y que fue atribuido a Caravaggio cuando lo recibieron.

En casi todos los cuadros de esta etapa sevillana aparece la figura de un muchacho que sería un ayudante de su taller, posiblemente un tal Diego Melgar.

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Vieja friendo huevos
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El aguador de Sevilla

Este maestro Pacheco además de sus indudables dotes didácticas y artísticas le imbuyó una inquietud que le marcó de por vida: la reivindicación del arte de pintar, la consideración de artista para los pintores de cuadros.

De esta época es el cuadro de la “Adoración de los Magos” en la que cualificadas opiniones dan por cierto  que  la Virgen María es un retrato de su esposa Juana Pacheco

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La adoración de los magos

En aquellos momentos la pintura se consideraba como un oficio y la categoría social de quienes la practicaban no pasaba de ser equiparable a albañiles o herreros, bien es verdad que ellos se refugiaban en gremios y allí ya mantenían sus diferencias con los pintores de “brocha gorda”. Solo tenían la consideración oficial de “artistas”  los escultores y joyeros.

Siguiendo con esta apresurada biografía de Diego Velázquez, esta inquietud marcó la tendencia del joven Velázquez, pero, de momento, su afición era seguir pintando, y cuando, a la muerte de Felipe III (1621), el nuevo rey Felipe IV fijó su corte en Madrid, allí puso él sus ojos, coincidiendo con un declive, por esta causa, de la importancia social y administrativa de la ciudad de Sevilla.

Cuando el rey nombra, en 1622, como su hombre de confianza a Don Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar, conde de Olivares,  sevillano de corazón, aunque nacido en Roma, su padre era el embajador de España en Roma, nuestro pintor cree ver el cielo abierto, ha llegado su hora de asentarse en la corte.

Conociendo quizás las penurias de algunos pintores se le ocurrió que una excelente forma de asegurar su futuro era ¡¡¡hacerse funcionario!!! Eso si funcionario de la Casa Real.

Traslado a Madrid (1622 – 1627)

Y a Madrid se traslada y a la Casa Real se dirige, estamos en 1622 y el joven Diego Velazquez tiene 23 años.

Pero sobrevivir en la capital del reino no le va a ser fácil, pues en principio no es recibido en palacio y debe volver a Sevilla, llevaba como presentación un retrato de Luis de Góngora.

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Retrato de Góngora.

Son necesarios los oficios de su maestro y suegro Pacheco y, sobre todo, de don Juan de Fonseca, (de quien hizo un supuesto retrato) que era el capellán real y había sido canónigo en Sevilla, donde conoció a Pacheco, quien lo presenta en la corte, parece definitivo pues el conde de Olivares le encarga, casi un par de años después y al menos por cortesía, un retrato del rey, (posiblemente el retrato de Felipe IV de 1624, hoy en el Metropólitan).

 Biografía de Diego Velazquez
Felipe IV

Parece ser que quedaron contentos pues el propio Olivares le encarga un nuevo retrato, este ecuestre, del joven rey, retrato que causó gran efecto en la corte y que le permitió iniciar, por fin, su cortesana trayectoria profesional.

Tan satisfechos quedaron que fue inmediatamente aceptado como pintor de la corte, pues coincidía que dos años atrás se murió el que hacia esa función (¿quizás Rodrigo de Villandrando, 1622?). Fue una pura cuestión de suerte, los hados, al fin, estaban de su parte.

Parece ser que, en agradecimiento a Juan de Fonseca, Diego Velázquez le regaló el cuadro de “El aguador de Sevilla”, él sabía que era un buen cuadro.

Este retrato ecuestre de Felipe IV, estaba tan bien considerado que era colocado en las grandes recepciones de palacio junto al cuadro de Tiziano “Carlos I en la batalla de Mühlberg”, pero debió dañarse en el incendio del alcázar (Navidad 1734), pues de él solo se conserva, según la opinión de técnicos cualificados, la parte de la cabeza de Felipe IV con armadura de gala y banda de general de los ejércitos.
 Diego Rodríguez de Silva y VelázquezComo consecuencia de su aceptación como pintor de la corte, se le concede al joven maestro el privilegio de pintar en exclusiva la imagen del rey. Se le ordena fijar su residencia a Madrid  y se le asigna un sueldo de 24 ducados al mes. La Junta de Aposento, a petición del rey, le adjudica una casa a pesar de que “en la nómina de los que V.M. tiene mandado se aposenten están excluidos los pintores

En estas época pinta numerosos retratos del rey, del Conde Duque de Olivares y de personajes  de la corte.

Pintor de Cámara (1627 – 1630)


Con 28 años es ascendido a pintor de Cámara, el máximo nivel que podía alcanzar como pintor y se le entrega una vivienda en el corazón de Madrid, en la calle Concepción Jerónima. Una magnífica casa que fue siempre suya, hasta su muerte y le llegó a proporcionar una renta de 400 ducados anuales.

Su primer gran momento profesional se produce ese mismo año, 1627. Al ser pintor de Cámara es encargado de acompañar al flamenco Peter Paul Rubens, de visita en la Corte Española como embajador de los Países Bajos,  y que venía precedido de su fama de excelente pintor, la visita duró nueve meses y las tendencias pictóricas del maestro holandés parecen haber influido notablemente en Diego Velázquez, así se deja advertir el inicio de un cierto barroquismo en sus obras. Pinta en aquella época “El triunfo de Baco (Los borrachos)” tratando un tema mitológico, tan en boga en la época, pero convirtiéndolo en una escena rural típica española, en este cuadro compagina la ideología barroca con unos personajes puramente castellanos.

Diego Velazquez
El Triunfo de Baco o Los Borrachos

Pero Rubens, para quien Velázquez en un joven pintor en el inicio de su carrera, le inculca la idea de conocer nuevas tendencias, de estudiar y aprender en suma, y esa idea se le queda firmemente arraigada. Parece que entre él y Rubens hubo una larga relación posterior, incluso se aventura que Rubens le envió bocetos para fondos y ornamentos de algunas de las obras de Diego Velázquez.

Por ejemplo, en el cuadro ecuestre del Conde Duque de Olivares, la vestimenta del personaje, la banda, el fajín, todos los ornamentos de Olivares podían ser insinuados por la barroca imaginación de Rubens, pero con una aplicación  puramente velazqueña.

Diego Velazquez
Conde Duque de Olivares

En el muy posterior cuadro de Felipe III, la cabeza del monarca podría haberlas firmado Rubens mejor que Velázquez, ya hablaremos.

Puede deducirse de las pinturas de aquella época de nuestro protagonista, que el contacto con el genio holandés aligera y alegra su paleta, se pierden sus vestigios tenebristas y aparecen unos colores limpios, claros y vivos, sobre todo una idea fundamental: se limpian los fondos.

Se puede asegurar con grandes letras que Rubens inició a nuestro Diego Velázquez en las nuevas tendencias del barroco, alejándolo de las caducas inclinaciones renacentistas de sus maestros, tanto de Herrera como del propio Pacheco.

Naturalmente Diego Velázquez empezó a cosechar enemigos y envidiosos, que le acusaban de ser únicamente un pintor de cabezas, aludiendo a su facilidad para pintar retratos. En esta tesitura el rey organizó un certamen entre pintores de reconocido prestigio (entre ellos Vicente Carducho), para pintar  una obra que se basase en “La expulsión de los moriscos”, Velázquez fue el vencedor con una obra hoy perdida.

Toda esta historia se conoce por los relatos que Pacheco cuenta sobre su yerno y discípulo, con abundancia de cartas y referencias, pero el gran biógrafo de Diego Velázquez fue Antonio Palomino (1655–1726), pintor también y no malo, y escritor, el cual fue autor de una “Biografía de Diego de Silva y Velázquez” tan amplia como bien documentada.

En contra de lo que era habitual en los pintores de la época, Velázquez hizo pocos cuadros con motivos religiosos y los que hizo fueron encargos específicos para iglesias u oratorios concretos. No era un tema que él trabajara por propia iniciativa.

En este periodo pintó suCristo crucificado, iconografía un tanto insólita en su obra. Reflejó un Cristo casi relajado, con una imagen corporal atractiva, sin tensiones dramáticas, ni sangres excesivas, dice la tradición que incluso alguna sangre fue eliminada posteriormente. Según la tradición iconográfica del momento está clavado con cuatro clavos y quizás lo más apasionante es su motivación: la que se refiere a un tal Jerónimo de Villanueva, acusado por la Inquisición, junto con las monjas del convento de las Benedictinas de San Plácido, de prácticas contrarias a las reglas de la religión católica. El Cristo fue un encargo del mencionado Jerónimo de Villanueva para presentarlo como imagen votiva, descargo de culpas y prueba de la buena fe, arraigada ortodoxia cristiana y… recursos económicos del encausado.

Pero la comidilla más conocida en el mundillo cortesano decía que fue el propio rey el que encargó el lienzo, también como expiación de sus amores sacrílegos con una joven religiosa de aquel convento, para lo cual aprovechaba su proximidad con la vivienda de su amigo: el protonotario, antes mencionado, don Jerónimo de Villanueva, que fue el que cargó con el mochuelo, terminando en la prisión de la Inquisición por, al menos, el delito de “tercerías”.

En cualquier caso parece claro que es un cuadro expiatorio que se colocó, y allí permaneció por largo tiempo, en la sacristía del convento de san Plácido. Algo de verdad debía de haber en lo contado

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Cristo Crucificado

Primer viaje a Italia (1630)

En 1630, Diego Velazquez siendo pintor de Cámara, aprovechó el viaje oficial, como embajada, de Ambrosio Spinola a Italia, para pedir y conseguir autorización real para acompañarle, viaje que se le es reconocido como de estudios. Seguramente la mente ágil del Velázquez se quedó con la experiencia de su encuentro con Rubens, quién un par de años antes había visitado España y, basándose en esa especie de “buena práctica”, consiguió del rey el apoyo necesario para su inclusión en la embajada de Spinola.

Permaneció un año en Roma, posiblemente viajaría a Florencia cuna de la mayor actividad artística italiana, y, fuera donde fuera, entró en contacto con los más conocidos pintores de la época, entre ellos José Ribera y Guercino, ambos de pintura con tendencia tenebrista, aunque lo más importante quizás fueron las copias y estudios que debió realizar de cuadros de Tiziano, Rafael, el Veronés o Miguel Ángel, entre los grandes.

Durante esa visita Diego Velazquez pinta “La fragua de Vulcano” y “La túnica de José

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La Fragua de Vulcano
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La túnica de Jose

La pintura de Velázquez, ya inicialmente aligerada por la influencia de Rubens, se vuelve mucho más amplia en el sentido del color y la forma, más simplificadamente estudiados sus personajes y más ricos en matices, ya no tan rígidos sino suaves y armoniosos, pero siempre, siempre, con una paleta muy limitada, escasa de colores.

Su paleta se aligera, sigue perdiendo oscuridad y ganando en claridad y alegría, su pincelada sigue siendo extremadamente suelta y ahora se vuelve informal, podríamos decir que totalmente impresionista, porque no pinta lo que ve sino lo que percibe. Su pintura es, en muchas partes de sus obras, muy delgada, a menudo se distinguen los trazos y colores de la pintura que hubiera detrás, las famosas correcciones de Diego Velázquez, o la textura del lienzo, a veces son solo las manchas iniciales, trabajadas con singular arte.

En el 1631 entra a formar parte de sus aprendices un joven llamado Juan Bautista Martínez del Mazo el cual, un par de años más tarde, se casaría con la hija mayor de Velázquez, Francisca, que ya tenía 15 años. Martínez del Mazo fue un fiel seguidor de su suegro, que le gestionó el puesto de ujier de cámara de palacio, para asegurar el futuro de su hija.

Aquí volvemos a ver la desconfianza de nuestro amigo Diego Velázquez por el oficio de pintor y, al igual que él se procuró una vida asegurada en el ámbito cortesano, hace lo posible para que su hija también tenga el futuro asegurado a través de garantizarle un puesto a su yerno en la administración palaciega.

No fue este Martínez del Mazo un destacado pintor en cuanto a calidad imaginativa, pero era excelente copiando, casi todas sus obras son replicas o copias de cuadros famosos, incluidos los de su suegro, en este caso tan buenas fueron que se han llegado a confundir; algunas obras inicialmente atribuidas al maestro fueron en realidad de Martínez del Mazo, y se sabe que en muchas obras entraron ambas manos.

Ayuda de guardarropa del rey (1634).

En 1634 nuestro hombre es nombrado “Ayuda de guardarropa del rey”, ya empieza a una tener ocupación distinta a la pintura en la alta administración palaciega.

En esta fecha pinta su mayor cuadro: “La rendición de Breda (Las Lanzas)” en el que Ambrosio Spinola recibe de Justino Nassau las llaves de la ciudad de Breda. Estaba destinado al Salón de los Reinos del Palacio del Buen Retiro junto con otros cuadros que representen las mas famosas victorias de los ejércitos españoles.

Es interesante y curioso contar una de las muchas anécdotas que Antonio Palomino cuenta sobre Velázquez,.

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Cuadro de Adrian Pulido

En 1636 pinta un retrato a don Adrian Pulido, caballero de la Orden de Santiago y Capitán General de la Armada, lo pinta con su técnica habitual y una vez terminado lo deja en un rincón de su estudio. Es un cuadro del personaje a tamaño natural, el cuadro tiene unas dimensiones de 204 x 114. Cuenta Palomino que el rey Felipe IV entró por cualquier causa en el estudio de su amigo el pintor y vislumbró la imagen de don Adrian allí un poco en la sombra y se dirigió a él preguntándole por qué aún estaba allí ya que habían quedado en debía partir hacia Italia. Al advertir el silencio del interpelado y la socarrona sonrisa de Velázquez el rey se acercó y comprobó que estaba hablando a un cuadro. “Pardiez que me habéis engañado” exclamó, “Vos mismo señor” le respondió Velázquez y ambos celebraron la anécdota con una amplia carcajada.

Este cuadro está hoy en la National Gallery.

Desde los últimos quince años ha pintado con gran profusión, pero ahora estamos en  su época dorada en cuanto al volumen obras: cuadros de divertimento, los bufones reales, alegorías mitológicas y, como siempre, surgen compromisos, retratos reales, muchos retratos reales, y también trabajos de favor a sus amigos y protectores e incluso peticiones de índole religiosa.

Diego Velázquez
Varios bufones

Ayuda de cámara con oficio (1642)

En 1642 pasa a ser “Ayuda de Cámara”, y en 1646 es nombrado “Ayuda de Cámara con Oficio”, don Diego de Silva y Velázquez es un miembro,  con rango,  de la corte del rey Don Felipe IV, y además pinta temas variados, ajenos a las tendencias oficiales.

A pesar de su cargo en la corte y a pesar de sus reticencias a ser catalogado como pintor, parece confirmado que a Velázquez le gustaba pintar y disfrutaba haciéndolo, podemos aventurar que tenía un gran taller, con aprendices, discípulos e incluso pintores con buen oficio y contaba con ellos para ciertos trabajos, me estoy basando para ello concretamente en los retratos que le fueron encargados para adornar las paredes del Salón del Reino del Palacio del Buen Retiro, concretamente son los Felipe III y su esposa Margarita de Austria, y Felipe IV e Isabel de Borbón, su esposa, junto con el infante Baltasar Carlos, los cuadros de las reinas son cuadros controvertidos, si bien se asegura fehacientemente que Velázquez participó en ellos existen serias dudas de que él fuese quien los terminase.

 

Diego Velazquez
Felipe III

La versión más aceptada es que él los comenzó, los diseñó, incluso pintó las caras de los personajes y, por supuesto, los caballos, pero es muy raro, casi imposible, imaginar a Velázquez pintando los complicados, geométricos y recargados adornos de las gualdrapas de los caballos y las faldas de las damas. Incluso se observan cosas muy peculiares: en el cuadro de doña Isabel de Borbón, se ve claramente que tras, el caballo blanco que ella monta, aparece la cabeza y la pata delantera de un fantasmagórico caballo negro, posibles correcciones velazqueñas.

Por cierto, una curiosidad, esta reina Isabel de Borbón era joven, atractiva, culta y… coja, defecto sobre el que estaba terriblemente prohibido hacer mención o comentario. Don Francisco de Quevedo se jugó una cena con unos amigos a que él se lo decía directamente y ya conocen el final de la anécdota: Quevedo con dos ramos de flores diciéndole a Doña Isabel aquello de “entre el clavel blanco y la rosa roja su Majestad escoja” reconocido calambur que le hizo ganar una cena.

Era un grupo de cinco grandes e importantes cuadros, los ya mencionados, junto con el de Felipe III y Felipe IV ambos a caballo y el príncipe Baltasar Carlos también a caballo.

Para pintar al rey Felipe III Velázquez recurrió a retratos del monarca realizados por artistas de la época. Si miramos este cuadro hay que reconocer que la cara de Felipe III nos recuerda más la técnica de Rubens que la de Velázquez, pero el caballo es puramente velazqueño.

Fue su época de mayor producción pictórica así que no es difícil aceptar que utilizara ayudas, el diseñaba y distribuía los volúmenes en el cuadro, pintaba las partes que le gustaban, en el caso anteriormente comentado los caballos y las caras de los personajes y el resto lo entregaba al taller, bajo su vigilancia.

Como cotilleo mundano destacar que Felipe III lleva colgando de su sombrero un aderezo con la famosa perla “La Peregrina” joya del patrimonio de la Casa Real Española robada por los franceses, José Bonaparte, y que cuando salió a subasta, ya en tiempos modernos, la Casa Real no pudo hacerse con ella porque un tal Richard Burton pujó más fuerte, así que la perla acabó en el cuello de Elisabeth Taylor.

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Retrato de Felipe III, podemos ver la perla Peregrina adornado su sombrero

En el retrato de Margarita de Austria, le esposa de Felipe III, figura ésta con una enorme joya sobre el pecho, se le llamó “el joyel de los Austrias” y estaba formado por la mencionada perla “La Peregrina” y un enorme brillante de 100 kts llamado “El estanque” adquirido en Amberes por el propio Felipe II, llamado la “piedra más perfecta jamás tallada”

Este llamado “Joyel de los Austrias” ya figura sobre el pecho de María Tudor, esposa de Felipe II, en el retrato que le hizo Antonio Moro.

También se lo llevaron los franceses, el diamante se le antojó al propio Napoleón, pero esta vez lo recuperó Fernando VII para después regalárselo, engastado en el pomo de una espada, a Francisco I de Nápoles con motivo del enlace de éste con su hija María Cristina de Borbón. Existen otras versiones, que se perdió, que se retalló para perderle la pista y otras similares, lo cierto es que no se ha vuelto a saber de él y con esto finaliza la crónica rosa.

Los cuadros religiosos fueron generalmente encargos oficiales, por ejemplo el de “San Antonio Abad y San Pablo” le fue encargado para decorar la ermita de San Pablo, en los jardines del Buen Retiro.

Ya hemos hablado del “Cristo crucificado

El otro gran cuadro de ambiente religioso “La coronación de la Virgen”, posiblemente pintado entre 1640 y 1645, más o menos, es un cuadro con algunas dudas. Parece ser que podría ser algo más antiguo, ya que, según Palomino, formó parte del oratorio privado de la primera esposa del rey Felipe IV, Isabel de Borbón (fallecida en 1644), y en el inventario de palacio (1666) aparece como atribuido a Alonso Cano, aunque ya en el inventario del palacio del Buen Retiro, en 1746, se le atribuye a Velázquez, sea o no y aunque lo sea es una obra insólita, no tenia nuestro maestro obras de una concepción similar, y aún menos con un juego de colores semejantes, y si realmente lo pintó se influenció en modelos ya establecidos, como por ejemplo obras de similar composición realizadas por Rubens, aunque también parece apreciarse un claro estilo con El Greco que tiene una composición muy similar.

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La coronación de la virgen

Segundo viaje a Italia (1649 -1652).

Felipe IV tiene una gran pasión por las obras de arte, en especial por la pintura y encarga a Velázquez la configuración de su pinacoteca, para ello le nombra, en 1647, “Veedor y Contador de Obras de Arte” y en 1649 Velázquez se programa un viaje a Italia, esta vez no como estudiante sino como embajador real con el propósito de adquirir obras para la pinacoteca regia, seguramente disfrutó de ese encargo. Tiene ya 50 años y Velázquez embarca en el puerto de Málaga.

También tenemos, de la mano de Palomino, rasgos de su vida personal, en esta estancia en Italia, tres años estuvo y en ellos tuvo un hijo natural, que se llamó Antonio y también parece que concedió la libertad a su esclavo Juan de Pareja de quien hizo un cuadro de despedida. Por cierto este Juan de Pareja también pintaba, aunque Diego Velázquez se lo tenía prohibido y existen cuadros suyos.

Estando en Italia se celebra la boda de Felipe IV con Mariana de Austria, su sobrina. Esta Mariana de Austria era la prometida del príncipe Baltasar Carlos, pero la muerte de este a causa de la viruela (octubre 1645) propició que el propio rey, viudo de Isabel de Borbón, la tomara por esposa, ella tenia 15 años y el rey 44.

Durante esta estancia pintó su retrato del papa Inocencio X y los exquisitos esbozos de la villa Medici, aunque sobre éstos existen dudas de datación.

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Inocencio X

El cuadro del Papa fue tan espectacular que causó sensación, nadie se había atrevido a pintar un Papa con la libertad que él lo hizo, siendo el resultado un tanto comprometido, pero al retratado le gustó y Velázquez e Inocencio X mantuvieron unas excelente relaciones, que le facilitaron, ya en sus últimos momentos, el ingreso en la Orden de Santiago, aunque sabemos que llegó tarde.

Es bueno saber que de Italia no solo se trajo cuadros, pues se estima que aportó al patrimonio regio más de trescientas estatuas, y también se trajo buenos artistas de frescos necesarios para terminar ciertas pinturas en el Alcázar.

Recuperando lo dicho sobre Martínez del Mazo, se pintó un díptico de doña Mariana de Austria y don Felipe IV, destinados al palacio del Escorial, el de la reina es un excelente cuadro del maestro, sin duda alguna, pero el del rey, parece que Diego Velázquez lo delineó e incluso se le puede aceptar que trabajara el rostro del rey, pero el resto del cuadro es de una calidad muy inferior y se advierten rasgos de copias, mal ejecutadas, de motivos velazqueños, todos los expertos están de acuerdo en que se le atribuya a Mazo, aunque visualmente, a pesar de lo dicho, aparente fielmente ser un Velázquez.

Aposentador Real (1652).

En 1652 es nombrado “Aposentador Real, es la cumbre de su carrera cortesana y una de sus principales tareas es precisamente distribuir todas las obras de arte que figuran en el inventario del patrimonio real, incluidas las que él acaba de aportar.

Anexo al título tiene el privilegio de trasladarse a vivir a la Casa del Tesoro, un pabellón del propio Alcázar. Aunque sigue teniendo la propiedad de la casa de Concepción Jerónima.

Y ya siendo un cortesano de reconocida valía, experiencia y oficio es cuando acomete en 1656 la pintura de las Meninas. Obra de plena madurez, tiene 57 años.

Las Meninas es su cuadro más importante, por ese motivo en blogdeculturilla hemos preparado un articulo solo para este cuadro, podras ver este articulo pinchando aqui las Meninas de Velázquez.

Después de Las Meninas se sabe que pintó el cuadro de “Las Hilanderas (La fábula de Aracne)” y se tiene por una de sus últimas obras a “Mercurio y Argos“, encargo para decorar el Salón Grande o Salón de los espejos del Alcázar, se entiende que su último cuadro fue el de la infanta Margarita, que no llegó a terminar.

Como aposentador Real fue su responsabilidad organizar el escenario de la Paz de los Pirineos, con la que se daba por terminada la guerra de España contra Francia e Inglaterra, para eso se cedían algunos territorios en litigio y se concertaba con el rey francés la boda de la Infanta María Teresa con una dote de varios millones de ducados de oro.

Diego Velázquez volvió bastante maltrecho física y moralmente de este episodio, se enfermó a la vuelta a Madrid, le atendieron los mejores doctores de la corte, los propios médicos del rey, y le diagnosticaron terciana sincopal minuta sutil, según el informe médico que nos cuenta Antonio Palomino.

Las tercianas eran llamadas las fiebres de la malaria, porque duraban tres días y se repetían a los dos o tres días después, y, según cuentan, se observó en Velázquez una muy alta temperatura, continuos desmayos y una sed insaciable, todos ellos síntomas que hacían temer lo peor. Velázquez murió dos meses más tarde a consecuencia de esta enfermedad, 6 de agosto de 1660, a los 61 años, y ocho días después lo hacia su esposa Juana Pacheco, aparentemente de la misma enfermedad.

Se esperaba que la exhumación de sus restos pudiera aclarar la causa de ambas muertes, posiblemente ligadas por una especie de contagio, pero los restos desaparecieron cuando José Bonaparte ordenó derribar la iglesia de San Juan Bautista, en la que estaban enterrados, para abrir un nuevo acceso desde el palacio real a la plaza Mayor a través de la plaza de Ramales, donde se encontraba la iglesia.

En la actualidad creo que una cruz en la calzada es el recuerdo de que por allí fue enterrado Diego Velázquez.

D.E.P. esté donde esté.

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