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El examen – Muñoz Degraín

«El examen» fue pintado sobre 1876, el autor tendría unos 36 años, tiene unas dimensiones de 97 x 147, actualmente en el museo del Prado, pero creo que no está expuesto.

Quizás no es un cuadro que marque estilo, tal vez no pueda ser considerado como una referencia pictórica, pero es un cuadro encantador y no me resisto a hablar de él. De todas formas este cuadro fue presentado en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1876, aunque no hay ninguna constancia de que recibiera algún galardón.

Si consideramos que su autor es el mismo de «Los amantes de Teruel (1884)» y que diez años antes había pintado «Paisaje del Pardo al disiparse la niebla (1866)» debemos considerar que este cuadro fue una especie de «divertimento» para nuestro autor.

el examen
El examen

En algún sitio he leído que el título completo de este cuadro hace referencia a una hecho que se desarrolla en la Sacristía de la Catedral de Granada: “Examen de doctrina en la Vicaria de Granada

El lugar está excesivamente pintado, el escenario en el que se desarrolla la escena está super recargado, no sé si Muñoz Degraín se inspiró en la estancia que he mencionado en el párrafo anterior y que él conocía que fuese así o se la inventó.

Desde luego parece ser una muy amplia Sacristía de una gran iglesia, me da la impresión que la sacristía de la Catedral de Granada, es grande pero no tanto. Creo que el artista a exagerado el espacio donde se desarrolla la acción y le hace parecer un espacio inmenso, cuando realmente no debía de serlo en tan gran medida, daría mejor sensación si el autor hubiera achicado notablemente el espacio retratado, las dimensiones que muestra no parecen reales.

Quizás lo que ocurre es que el tamaño de las figuras, excesivamente pequeñas, hace el efecto de estar casi perdidas en la inmensidad del entorno.

Recuerda a las iglesias ortodoxas por aquello del “horror vacui” y por supuesto está en la línea de la moda de los cuadros de Fortuny, multitud de personajes, todos identificables, formando un conjunto perfectamente reconocible por el espectador.

Este cuadro no llega a la perfección técnica que alcanzaron los cuadros de Fortuny y sus más exigentes seguidores, hay una cierta libertad de expresión en el dibujo de los fondos e incluso de los personajes, pero tal vez sea eso lo que nos hace mirarlo con cariño.

Que nos cuenta esta obra

La escena que cuenta «El examen» es realmente digna de conocerse, pero muy difícil de interpretar en una pintura, de ahí el enorme mérito de Muñoz Degraín por haberse atrevido a hacerlo.

Se trata del examen de religión, catecismo y prácticas religiosas a una docena de jóvenes que van a contraer matrimonio, y que han pasado por unos cursillos de «cristianización».

Se trata de valorar sus conocimientos morales y religiosos para darles la autorización a su nuevo estado, garantizando que serán buenas esposas, madres ejemplares y amas de casa dignas de respeto, y eso a juicio de la Iglesia, nada menos.

Y aquí vemos el escenario de tan crucial pormenor:

  • En el centro está el tribunal, evidentemente eclesiástico, parece que el presidente es un fraile, con hábito blanco y un excelente color de cara, está sentado en el centro en actitud relajada.
  • A su derecha, próximo al espectador, está el párroco de la iglesia, que es quien ha formado a las jovencitas y el responsable de haberles inculcado los conocimientos que se les exigen.
  • Al fondo una especie de secretario que toma nota de lo que allí ocurra y dará fe de las decisiones que se tomen.

Una muchacha está ante ellos, dispuesta a ir contestando a las cuestiones que el tribunal le plantee, parece ser la segunda por la derecha del banco más próximo al espectador de los dos donde esperan las candidatas al examen, pues parece que hay un hueco en el banco en esa posición.

Muñoz Degraín hace un alarde de imaginación, pues no es fácil interpretar a doce muchachas sentadas y cada una con un atuendo diferente y hacerlo de forma que resulte natural y atractivo… y lo consigue.

El maestro ha jugado con las actitudes corporales de ellas, las hay retraídas, otras interesadas en lo que está ocurriendo, algunas parecen concentradas en recordar lo que han aprendido y algunas otras están distraídas, por ejemplo es magistral la forma en que representa a las dos muchachas de la derecha que, a través del hueco del asiento que ha dejado la que está ante el tribunal, hablan entre ellas y lo disimulan tapándose la boca con el abanico, o al fondo en el segundo banco a una muchacha se le ha caído el abanico y con disimulo alarga el cuerpo y la mano para recuperarlo.

Hay que reconocerle al maestro la habilidad para no repetir colores en los trajes de las examinadas, ni mantillas, ni velos.

El atuendo de la señorita que está siendo sometida a examen es digno de mirarse con atención, el vestido rosa de seda muy bien marcados, y empastados, sus brillos, así como el pañolón azul eléctrico que tiene echado por los hombros o la mantilla blanca con pequeña peineta que adorna su cabeza, parece nerviosa y se distrae jugando con el abanico.

Detrás de ellas, en los bancos, están situadas sus madres, pendientes del desarrollo de “la niña” y detrás de pie, los hombres no se sentaban, están los padres y quizás los futuros maridos, estos están como distraídos, solo estará atento aquel cuya hija o novia este siendo sometida al examen, por eso se les ve incluso de espaldas al tribunal.

Ni que decir tiene que no podía faltar la arruga en la alfombra.

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