La conversión de duque de Gandía es un cuadro de grandes dimensiones: 315 x 500 pintado por Moreno Carbonero en 1884, tendría sobre 24 años, actualmente en el Museo del Prado de Madrid.

La conversión del duque de Gandía

Cuenta la historia que Francisco de Borja y Aragón (1510-1572), marqués de Lombay y luego IV duque de Gandía,  acaba de contemplar el cadáver putrefacto de la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos I, muerta en Toledo el 1 de mayo de 1539, cuyo cuerpo había sido conducido por él mismo a Granada, ciudad donde tiene lugar la escena, y en la que preceptivamente ha de abrirse el ataúd para comprobar que los restos que allí yacen corresponden a la persona a la que se hace referencia.

Según parece Doña Isabel padecía de malaria y posiblemente esa pudo ser la causa de su muerte, muerte totalmente inesperada para toda la Corte, el Rey estaba en Aranjuez de caza cuando ocurrió. Aunque la malaria la había dejado con aspecto delgado y enfermizo nadie esperaba un fatal desenlace a los 35 años.

También se apunta al hecho de que estaba embarazada y se sabía que tenía riesgo de aborto, ya había tenido uno, lo que también se baraja como causa de la muerte, estaba en el tercer mes.

Isabel ya había tenido otros hijos, Felipe el mayor futuro Felipe II, María, Fernando que vivió unos pocos meses, después un aborto, y finalmente tuvo a Juana, y después quedose embarazada nuevamente y este fue el que propició el fatal desenlace, tal vez la suma de las dos circunstancias, malaria y el nuevo embarazo, fueron la causa de su muerte prematura.

Cuentan las crónicas que Isabel había pedido explícitamente a su marido el Rey, que, cuando muriera, no la embalsamaran, le daba horror pensar que iban a abrir y manipular su cuerpo muerto para extraer las vísceras, por eso se aceleró todo lo posible su traslado a Granada.

La distancia entre Toledo y Granada, en aquellos tiempos, debía de superar los 400 kilómetros, luego podemos suponer que fue un viaje de al menos diez días, en los que probablemente, por la fecha, hiciera calor al cruzar la meseta manchega.

Volvamos a por donde íbamos: al ver que la atractiva belleza física y espiritual de la soberana, que había cautivado a toda la Corte, se había convertido ahora en repulsiva carroña, determinaron entonces al noble a decir: “Nunca más, nunca más servir a señor que se me pueda morir”  Esta experiencia le marcó para siempre y acabó ingresando en la orden de los jesuitas, siguiendo a san Ignacio de Loyola, donde alcanzaría una vida de santidad.

Que representa el cuadro

La conversión del duque de Gandía recoge el instante de la entrega del cuerpo de la emperatriz y la reacción de Francisco de Borja al abrirse el féretro:

Tiembla el marqués, da un gemido, su rígida fuerza pierde y a los brazos de su gentil-hombre, flojo y desplomado se viene.

Y dice la famosa frase que ya hemos comentado.

Cuando en 1546 muere su esposa Leonor de Castro, unos cinco años después de la escena que cuenta el cuadro, Francisco de Borja acelera sus planes para ingresar en la Orden de los Jesuitas, renuncia a todos sus títulos, cargos y nombramientos distribuyéndolos entre sus familiares.

Se le ofrece un alto cargo dentro de la organización Jesuita, pero él lo rechaza, quiere ser uno más de los monjes predicadores. 

Este cuadro «La conversión del duque de Gandía» fue justamente galardonado con una primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1884, su asunto y composición causaron el esperado impacto, siendo objeto de análisis y elogios por las mejores plumas del momento.

Fue pintado como ejercicio final de la pensión de mérito que disfrutaba en la Academia de Roma y distinguido allí mismo con la máxima calificación,

Moreno Carbonero eligió para su obra este argumento que contiene todos los elementos melodramáticos y sentimentales que definieron la pintura histórica de esos años, sin duda la época dorada del género.

En efecto, la presencia morbosa de la muerte como protagonista absoluta de la composición y la manifestación pública del amor platónico y rendida devoción que el entonces marqués sentía por su reina, en presencia de su propia esposa, identificable con la mujer que oculta el rostro para enjugar su llanto, producido quizá por sentimientos encontrados, tejen una tensión argumental que sobrepasa la mera evocación histórica.

Por otra parte, el joven pintor dispone los diferentes elementos de su composición con una agudísima visión de la narración melodramática y el espectáculo escenográfico.

En efecto, es un cuadro en el que no hay ningún foco de luz apreciable, la luminosidad que se percibe está fuera de la imagen y proviene de la izquierda.

Es suficiente para resaltar aspectos como la blancura del féretro y el catafalco, que ocupan gran parte de la superficie del cuadro, dispuesto en diagonal hacia el primer término, atrayendo así de inmediato la atención del espectador y metiendo “aire” en el cuadro,

El personaje que abre el ataúd tapándose la nariz por el inaguantable hedor de la putrefacción; la situación en el suelo, junto al túmulo, del sombrero del noble, abandonado tras retirarse conmocionado del cadáver y la diversa expresión emocional de cada uno de los personajes: derrumbado Francisco de Borja en el hombro de su gentilhombre, llorosos, asombrados, curiosos o circunspectos los miembros de la corte de la emperatriz, no olviden a la izquierda de las personas del fondo, la imagen llorosa y abrumada por la escena de doña Leonor de Castro, su esposa y Camarera Mayor de la Reina que suponemos llora tanto por la muerte de su señora, como por la constatación de la reacción de su marido, junto a ella uno de sus hijos, tuvo ocho, por otra parte los impasibles representantes del clero, son algunas de las claves del éxito de este cuadro, junto a la soberbia técnica pictórica de que hace gala una vez más el artista malagueño.

Era muy habitual en este tipo de cuadro la recreación en detalles que se repetían en todos ellos, me estoy refiriendo a los dobleces de las alfombras, en absolutamente todos los cuadros de época la alfombra se destacaba por unos artísticos plieges o dobleces que rompían su linealidad y daban cuerpo y volumen a su representación, y es notorio que en esta obra eso no podía faltar.

«La conversión del duque de Gandía» está presentado en una atractiva semi penumbra que solo ilumina los elementos esenciales, el conjunto del féretro y los dos personajes del Duque de Gandía y su compañero.

Los ropajes de ambos están exquisitamente recreados, la expresión corporal es la justa, pero curiosamente la imagen del Duque de Gandía es casi inexistente, la vemos como recorte oscuro de las figuras de alrededor, solo sus botas nos indican donde está el protagonista, botas por cierto exquisitamente detalladas y que nos facilitan conocer los procedimientos de calzarlas y descalzarlas.

Quizás la completa armadura del caballero que recoge el gesto abatido de nuestro personaje sea algo que no se corresponde con la escena que estamos contemplando, pero esa licencia del autor da un toque diferenciado y estilista a ambos personajes, es como un alivio pictórico, pues lo contrario le habría obligado a cuidadosos estudios de color para diferenciarlos y no lo iba a vestir de blanco.

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