Las Meninas no se llamaron siempre así, incluso podría decirse que es un titulo irreverente: estando presente la infanta, que luego fue emperatriz, el cuadro no se puede llamar con el nombre de las sirvientes.

En el inventario de obras del Alcázar Real, que se efectúa en 1666, se le identifica a Las Meninas como “Retrato de la emperatriz con sus damas y una enana”.

Cruelmente se ignora al pintor allí presente (La boda por poderes de la infanta Margarita con su tío el emperador de Austria Leopoldo I se celebró de Abril de 1666, la infanta Margarita tenía quince años, cuando el cuadro tenía cinco).

Tras el incendio del Alcázar en la Nochebuena de 1734, Las Meninas figura entre aquellos que pudieron ser rescatados y se le llama simplemente “La familia del Señor Rey Philipe Quatro” y como “La familia” se le sigue identificando habitualmente y el pintor que allí aparece sigue ignorado.

Cuando don Pedro de Madrazo, realiza en 1843 un inventario de las obras del Museo del Prado, es cuando se le identifica como “Las Meninas”… ¡y ahora ignora al pintor y a la infanta!

Menino o menina, es una palabra portuguesa que se aplicaba a jóvenes de buenas familias que pasaban a ser miembros de la Corte para atender a los príncipes o princesas.

Puestos a ser perversamente críticos, podríamos situarnos en la posición opuesta, las Meninas es un autorretrato de Velázquez con compañía cortesana. ¡un selfie!

Las Meninas de Velazquez conozcamos con cierto detalle el cuadro.

Las Meninas
Las Meninas de Velázquez

El cuadro en cuestión, analizándolo físicamente, en una pintura al oleo sobre lienzo, de 318 x 276 y pintado aproximadamente en 1656, nuestro pintor tenia 57 años.

La Meninas de Velazquez es cuadro excelente que no representa nada; no es un retrato cortesano al uso, no es una escena épica, no es una alegoría ni una escena piadosa, que eran los motivos que justificaban el ejercicio del oficio de pintor, los motivos remunerados.

Según los más estrictos estudiosos y biógrafos de Velázquez, a estas altura de su vida, ya no se le debe considerar como un pintor o, siguiendo las ideas que le inculcó el maestro Pacheco, al menos a él no le gustaba que lo identificaran como tal, ahora era un personaje de alto rango en la corte de Felipe IV que además pintaba y lo hacía con tan singular maestría que a los propios reyes les encantaba ir a ver cómo aquel cortesano distraía su tiempo de ocio en la ejecución de excelentes cuadros, tan excelentes que llegaron a tener el honor de formar parte de las colecciones reales, aunque la trayectoria laboral que para si quiso don Diego de Silva no fue esa.

Pero, incluso él, debió de reconocer que fue la pintura, su pintura, la que le abrió el camino para conseguir su objetivo de no ser pintor en el sentido peyorativo que le era aplicado.

Volviendo a Las Meninas, ¿cuál fue el motivo de esta obra?.

Por qué embarcarse en la aventura de pintar un enorme lienzo de 318 x 276 con una trivial escena doméstica de dudosa resonancia, ¿para qué, o para quién? ¿a quién le podía interesar el trabajo de más de seis meses en una imagen hogareña? Y ¡por qué se incluía él también haciendo algo que precisamente no lo reconocía como su ocupación, él era un cortesano no un pintor, llevaba casi veinte años luchando para ello!, ¿a qué venía retratarse como pintor?

Quizás, ya conseguidos sus objetivos terrenales, quería, en un último acto, reconciliarse consigo mismo reconociendo frente al mundo que a él lo que le gustaba era pintar y que ese oficio no era equiparable a un albañil o herrero, ¡él era un artista!

Pero ¿era ese el objetivo del cuadro?

Es un cuadro al revés de todos los cuadros del mundo, en cualquiera de todos ellos el pintor refleja lo que ve, en este cuadro el artista ha pintado lo que estaba viendo su modelo, algo realmente insólito.

Lo que define la aparentemente excesiva altura del cuadro es la propia altura del lienzo que está pintando, es ese bastidor quien nos justifica llevar la mirada hasta el techo de la estancia, así el autor se asegura de que entendemos que es el cuadro quien está definiendo las dimensiones del lienzo, está convirtiendo un lienzo, que se ve de espaldas, en el justificante del tamaño del cuadro, algo insólito en la historia de la pintura, nos ratifica que el protagonista es el cuadro que está él pintando.

Ya habrán observado que en Las Meninas “todo es insólito” y aún seguimos descubriendo cosas.

¿Y cuál es ese cuadro que está pintando nuestro protagonista? Pues muy sencillo, el que tenemos a la vista: “Las Meninas

Con lo cual tenemos una genialidad más de nuestro amigo Velázquez, pues al mismo tiempo que vemos el cuadro de “Las Meninas” estamos viendo la parte trasera del lienzo en que está pintado, lo estamos viendo del derecho y del revés.

Pero otro gran truco de Las Meninas es la puerta abierta del fondo, si tapáramos esas puerta el cuadro se convierte en una obra vulgar, (con el respeto y las diferencias ya anotadas) esa luz al fondo da la autentica dimensión de la obra, nos dimensiona la estancia, crea una atmósfera alrededor de los personajes. Ya no es un cuadro es un volumen.

Las Meninas de Velázquez
Detalle del marco de la puerta

Curiosamente esa puerta tiene defectos de ejecución, la puerta no se corresponde con su marco, si se observan los cuarterones se ve que Velázquez la achicó por arriba sin corregir el diseño de la puerta por lo que los cuarterones de arriba aparecen cortados. Esa puerta no puede cerrarse porque es más grande que el marco.

El propio pintor aparece elegantemente vestido, no va en atuendo de taller con un guardapolvo o algo similar, va con atuendo cortesano y con gesto un tanto distante y displicente, seguramente Las Meninasmás joven de la edad que tenía y te mira a ti, directamente a los ojos, pero pensemos que esa mirada se la está dirigiendo al rey Felipe IV y su esposa.

¡Tú eres Felipe IV!

Ya he dicho que no existe el cuadro que teóricamente estaba pintando, ningún cuadro de Velázquez contempla al rey y su esposa doña Mariana y menos aún un cuadro de ese tamaño, porque obsérvese el tamaño del lienzo, inmenso, ya he comentado que es justamente del tamaño que corresponde al propio cuadro de “las Meninas“, un lienzo que llega casi desde el techo hasta el suelo, por cierto, pintar a ras del suelo debía de ser terriblemente incómodo, lo normal es que el cuadro estuviera apoyado en un a modo de andamio de manera  que la parte inferior estuviese a cierta altura que permitiese un acceso cómodo del pintor y la parte superior se alcanzaría con otros andamios,  lo cierto es que el lienzo es enorme y ya está apoyado en el suelo, lo que abunda en la teoría de que el cuadro ya está terminado.

Nos ratifica esta idea la contemplación del propio personaje: está vestido de “señorito”, tiene una paleta pequeña, está utilizando colores claros y utiliza un pincel, todo ello nos indica que está dando, o simulando dar, unas ultimas pinceladas, quizás algunos brillos.

Pero aparte de nuestro amigo otros personajes se nos presentan de forma ostensible.

Hagamos un recuento de las personas que aparecen en Las Meninas, además de pintor, claro:

Cuadro Las MeninasInfanta Margarita ―Tendría unos cinco años, a los quince se casó con su tío el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico: Leopoldo I. Fue una pieza clave en las relaciones políticas del reino de España con el Imperio centroeuropeo. Murió a los 21 años como consecuencia de su cuarto parto.

Isabel de Velasco ― Hija de don Bernardino de Velasco, VII conde de Fuensalida, y de su primera esposa doña Isabel, quien fue ya menina de la reina doña Isabel de Borbón. Ella fue anteriormente menina de la reina doña Mariana. Murió en 1659, tres años más tarde de ser pintada en este cuadro. Está en actitud de hacer una reverencia, naturalmente dirigida a los Reyes que están posando.

María Agustina Sarmiento ― Hija del Conde de Salvatierra, se casó en 1659 con el Conde Peñaranda, Grande de España, que falleció en 1668, volvió a contraer matrimonio con el Conde de Barajas del quien también enviudó. Ella falleció en 1709. Está ofreciendo un búcaro de agua a la infanta a la vez que se inclina hacia ella.

María Bárbara (Mari Bárbola) ― Enana de origen alemán que a la muerte de su señora, la condesa Villerval Walther, entró al servicio de la infanta desde su nacimiento. (acondroplasia e hidrocefalia). Disfrutaba de paga y alojamiento en palacio “y cuatro libras de nieve al día en el verano

Nicolasito Pertusato ― También enano, está en la categoría de los llamados liliputienses (enanismo hipofisario) y procedía de una noble familia  milanesa, llegó a ser un importante personaje en la corte, siendo ayuda de cámara del rey Carlos II. Murió a los setenta y cinco años.

Marcela de Ulloa ― Viuda de Diego Portocarrero y madre del cardenal Portocarrero, que fue el valido del rey Carlos II. Es la encargada de las damas de palacio, camarera mayor y responsable de la infanta Margarita, está vestida con la ropa propia de las viudas.

Hay un personaje en la sombra no identificado, se supone otro guardadamas.

José Nieto ― Situado en la puerta, era el aposentador real de la reina, sirvió en palacio hasta su fallecimiento. Existe un retrato de él hecho por Velázquez.

Pero hay otro personaje, la propia habitación:

Está identificada como la sala principal del Cuarto del Príncipe, donde Velázquez solía pintar: una sala de unos veinte metros de largo por más de cinco de ancho, iluminada por cuatro grandes ventanas y adornada con una gran cantidad de cuadros, casi todos copias de grandes obras realizadas por Martínez del Mazo. Se han identificado los dos grandes cuadros que están en penumbra al fondo de la habitación como Minerva y Aracne, copia de Rubens y Apolo vencedor de Pan copia de Jordaens, ambas realizadas por Martínez del Mazo. Se conocen todos estos detalles pues, a pesar del incendio que destruyó el alcázar, sobrevivieron los planos y el inventario de las diferentes salas, por cierto en el inventario de la que nos ocupa nunca figuró el espejo en el que se reflejan los reyes.

Se puede saber o intuir en qué época está hecho el cuadro a través de información que nos transmite la habitación, se sabe que estaba enlosada con grandes losas blancas y negras y que a partir de octubre se extendía una especie de alfombra para cubrirlas y así minorar el efecto de frío que el suelo transmitía, en el cuadro la alfombra está extendida luego debemos estar en octubre o quizás noviembre, diciembre y posteriores son meses ya demasiado fríos.

Últimas especulaciones sobre Las Meninas.

Las modernas técnicas radiológicas utilizadas cuando se acometió su restauración, 1984 a cargo de John Brealey del Metropolitan Museum de Nueva York, descubrieron que en el lugar en que se sitúa el autor, en principio había pintada una dama, de pie, que cerraba la composición por la izquierda, es decir era un retrato puramente cortesano, un retrato de la infanta Margarita y su pequeña corte, un retrato que ya estaba hecho, se especuló que esa figura desaparecida fuera la de doña Marcela de Ulloa, que después pasó al lado derecho o la infanta Isabel María Teresa, hija de rey y su primera esposa Isabel de Borbón, desgraciadamente casada con el rey de Francia Luis XIV.

Pero algo ocurrió y el pintor cambió la escena doméstica por un modo de reivindicación personal, él, un pintor joven y apuesto, mirando al frente y con un cierto desdén, desde un lugar privilegiado de un cuadro que figuraría en el Alcázar Real, Felipe IV mandó colgarlo en su propio despacho personal,  rodeado de los retratos de otros reyes, príncipes, infantes, infantas y miembros de la corte española: allí estaría él, igual que ellos, la imagen de don Diego de Silva,  él no era un cualquiera, no era comparable a un albañil o un herrero. Realmente una peligrosa osadía, aunque prudentemente se planteó la coartada de hacer figurar a los reyes en el reflejo del espejo, reyes pequeños, lejanos y desdibujados, no como él, joven vigoroso y en primer plano, reyes a los que no estaba pintando.

Hay otras explicaciones sobre Las Meninas, menos reivindicativas, una de ellas es que don Diego de Silva disfrutaba de un excelente sentido del humor, algo apenas esbozado por sus biógrafos y críticos, y debió de plantearse el nuevo cuadro como una broma a su señor, del que es sabido que, salvando las lógicas distancias, era muy amigo, una broma en el sentido de sorpresa, en reconocimiento a su fe en él, a su nombramiento y al respaldo a su carrera cortesana, dada su edad era como una especie de despedida artística, el cuadro inicial lo debió de encontrar aburrido o sin “gancho” suficiente y debió de ocurrírsele la idea de hacer un cuadro paralelo, mientras pintaba a sus egregios mecenas, utilizó lo ya pintado en la obra que estaba realizando sobre la pequeña corte de la  infanta Margarita y fue pergeñando una de las obras de arte de la pintura de todos los tiempos.

Y aún más sencillo: la idea parece ser que surgió cuando el rey le comentó a Velázquez que todos los cuadros que él conocía retrataban lo que veía el pintor, pero que el querría uno en que se representase lo que veía él.

Y él lo vio fácil y claro: en aquel cuadro que tenía en aquel momento en el estudio, solo necesitó borrar la parte de la izquierda y ponerse él pintando para que toda la composición cambiase de sentido.

¡Cómo debió de disfrutarla! ¡Cómo debió de divertirse imaginando la escena!

Sin duda así ya tenía resuelta la dificultad de ver la composición poniéndose en lugar del rey, quien ve la escena en que le están pintando y como su pequeña hija le mira e incluso le imita los movimientos de cuello y cara que oye al maestro rogar a sus padres.

Realmente nuestro Mingote dio en el clavo, imagino el chasquido de los dedos del artista cuando se le ocurrió la idea, sin duda al percibir el cromatismo del grupo formado por tan excepcional espectadora y se le iluminó el semblante pensando en la sorpresa del rey cuando le presentara tan singular obra. ¿Reaccionaría el rey tal como él esperaba o se estaba jugando su puesto en la corte al pintarse mirando al rey de frente y con mayor protagonismo que el monarca?

No hubo ningún problema, según Palomino, el rey, y también la reina, estaba al tanto de la obra que su amigo el pintor estaba pintando, y a menudo se asomaba al estudio para ver los progresos de la singular obra que su amigo, aposentador y pintor estaba realizando.

Así que,  cuando lo vio terminado, al rey le encantó y Las Meninas se situaron en su despacho y desde allí, rodeado de las efigies de otros reyes, príncipes y reales personajes, don Diego miraba altiva y desdeñosamente al personal que acudía al despacho privado del monarca.

Debió ser una satisfacción tan notable que el rey, conociendo perfectamente a su cortesano, le redimió de su oficio de pintor apoyando la gestión necesaria para que sobre su pecho le incluyeran la cruz de caballero de Santiago, largo litigio que mantenía nuestro personaje en aras de un reconocimiento oficial.

La historia fue como sigue: en 1658 encontrándose Velázquez y Su Majestad en El Escorial, el rey Felipe IV, en reconocimiento a la eficaz labor desempeñada por el autor de Las Meninas tanto en su faceta cortesana como artística. tuvo el detalle de proponerle para que escogiese un hábito de caballero: Calatrava, Alcántara o Santiago y él se encargaría de que se le impusiese, eso era un gran honor que nuestro pintor supo valorar, finalmente se decantó por el de Santiago y, haciendo honor a su palabra Felipe IV mandó poner en la documentación de solicitud que: “A mi me consta de su calidad” con lo cual estaba todo dicho. A finales de ese año recibió el hábito de Comendador de la Orden de Santiago.

Y finalmente a tal señor tal honor, pues, según la leyenda, fue el propio rey quien la pintó la cruz de Santiago en el pecho de su amigo pintor. (Cuando Velázquez ya estaba muerto, que conste)

Lo que sí dudo es que Velázquez considerara a su cuadro Las Meninas  como la enorme obra de arte en que después se ha convertido, para él fue una broma, un lienzo enorme que estaba intentando aprovechar con una escena de la corte juvenil y que se convirtió en una broma real ¿o fue algo más…?

¡Que más da!

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