Conozcamos las historias de las mujeres de Cervantes y su importancia en la vida de nuestro personaje

En otro articulo de este blog hemos hablado de Don Quijote y sus mujeres, pero creo que es de justicia hablar también  de Las Mujeres de Cervantes, no son muchas, pero estas son reales y estoy seguro que tuvieron en la vida de nuestro personaje aún más importancia que Dulcinea en la de Don Quijote.

Doña Leonor de Cortina

Si hablamos de Las Mujeres de Cervantes tenemos que hablar de su madre, se sabe que procedía de Arganda y que era de familia de “muchas tierras“. Era una mujer muy culta para la época y seguramente su familia aspiraba a un casamiento más lucido que el que contrajo con Rodrigo Cervantes.

Pero ella se enamoró del joven Rodrigo Cervantes, a pesar de la mala cara que le pusieron sus padres. En su juventud Rodrigo era divertido, atlético e incluso tocaba la vihuela con singular destreza a pesar de sus problemas de oido y, de momento, pertenecía a una buena familia alcalaína, aunque los padres de doña Leonor lo miraran con recelo.

Recelos que se vieron confirmados, pero Leonor fue fiel a su marido y a sus hijos en los momentos más duros y eso es tan incuestionable como admirable.

Parece ser que doña Leonor, estuvo separada físicamente de su marido la mayor parte de su vida, lo cual fue un arreglo que satisfacía a ambas partes, pues, para la magra economía de su marido, ella y su familia eran una pesada carga, y suponemos que ella,  de alguna manera, recibió ayuda familiar. Era conocido que Rodrigo apenas podía valerse para su propia subsistencia y Leonor consiguió personalmente sacar su familia adelante, tal vez a trancas y barrancas, pero lo hizo.

Doña Leonor fue el alma mater de la familia, ella fue la que coordinó, apremió y proveyó los medios para el rescate de sus hijos Miguel y Rodrigo. Sin ese esfuerzo es seguro que su hijo Miguel  hubiera terminado sus días en prisión en Constantinopla y no estaríamos hablando de lo que estamos.

Durante el cautiverio de su hijo fue ella quien reclamó la ayuda del Consejo de la Cruzada, estamento oficial poco asequible a una mujer normal, como ella lo era, pero lo consiguió, ella movió carros,  carretas y carretones hasta conseguir entrar en contacto con el trinitario fray Juan Gil y lo dispuso de tal forma que consiguió que éste llegara hasta donde su hijo se hallaba y negociara su liberación, con los resultados ya conocidos.

En sus últimos tiempos fue una mujer muy activa y pragmática, consiguiendo una estabilidad económica largo tiempo deseada, con la seguridad económica de la herencia familiar y mientras su marido se dedicaba, al parecer con algún éxito, al negocio de prestamista ella se dedicó a administrar los bienes familiares, tanto los que le llegaban por vía conyugal, por la familiar  o los que negociaban por vía filial, rama femenina: de ellos hablaremos más adelante y que incluían ingresos propios, indemnizaciones por hechos acaecidos y que no se quería que trascendiesen o por simplemente donaciones de galanes agradecidos.

La prueba de su buena situación económica fueron los excelentes funerales que se celebraron a su muerte en 1573, a la edad de 73 años, funerales que suponemos fueron no pagados por su marido que la sobrevivió en tres años.

Sus hermanas Andrea, Luisa y Magadalena

Miguel tuvo numerosos hermanos: Andrés, Andrea, Luisa, aquí iría Miguel, Rodrigo, Magdalena y Juan.

El primero Andrés murió siendo aún un bebé y del último nunca se supo nada, se conoce su existencia porque aparece en el testamento de su padre.

Comentemos las vidas de las hermanas, personajes muy importantes dentro de Las Mujeres de Cervantes.

Andrea.

Era la mayor de todos los hermanos vivos. Siendo muy joven fue prometida de un caballero, don Nicolás de Obando, con el que se acuerda el matrimonio, pero antes del cual le hace una hija, Constanza, y la abandona, Andrea solo tiene una salida a su situación frente a su adversidad: dedicarse al amor fácil y remunerado. Se cuenta que tuvo amantes conocidos y parece ser que tuvo privanza con un rico genovés llamado Juan Francisco Locadello, con quien su padre tuvo negocios.

Magdalena.

La pequeña, en cuanto tuvo edad se lanzó directamente a la vida que había escogido su hermana Andrea y ambas, junto con Constanza la hija de Andrea, cuando llegó a la edad apropiada, montaron su pequeño “negocio privado”.

Las llamaban las cervantas,  y probablemente fueron ellas las que mantuvieron a la familia, siendo sus ingresos una importante fuente de subsistencia, lo que, para ellas, justificaba su actividad. En el censo figuraban como “costureras” y parece ser que ciertamente lo eran, y además bastante buenas. De ellas salió el dinero que sirvió para liberar a su hermano Miguel cuando estuvo preso en Argel.

Estas dos hermanas y el refuerzo de Contanza la hija de Andrea, fueron parte importante en el sostén económico de la familia, hábilmente administrado por la madre doña Leonor, pues aparte de sus ingresos como costureras de prestigio añadían esos ingresos adicionales que conseguían por sus actividades “extra laborales”, fueron muy importante dentro de las mujeres de Cervantes.

Luisa.

Decía la leyenda popular que en toda gran familia debía haber un militar, una puta y un cura, pues bien Luisa fue la parte eclesiástica de la familia.

En 1565 Rodrigo asiste en Alcalá a la toma de votos de su hija Luisa, en el convento de las carmelitas, con el nombre de Luisa de Belén, allí permanece hasta su muerte llegando a ser la priora del convento.

 

Vayamos ahora a conocer a la esposa

Doña Catalina Palacios y Salazar.

Como casi todo en aquella época existen varias versiones de cómo fue el contacto inicial, parece cierto que ella vivía en Esquivias (Toledo) y que su padre había fallecido recientemente, el padre podía ser Hernando Salazar, jugador y de malos vicios que a su muerte dejó a la familia en muy mala situación económica.

Nuestro personaje había ido a Esquivias  porque su íntimo amigo el poeta Pedro Laynez acababa de fallecer y él va allí a recoger unos escritos o documentos que su amigo le había dejado para editar su Cancionero.

Prueba de estrecha amistad que los unía es que la viuda de Pedro Laynez vivió posteriormente en la misma casa de Miguel de Cervantes., cuando este se alojó en Valladolid y Madrid.

Hernando Salazar había dejado viuda y tres hijos, una chica y dos chicos, los hijos se fueron con unos tíos a trabajar en las faenas del campo  y la hija, Catalina, quedó bajo la custodia de su madre y, aunque parece que poseen algunas tierras, pasan las dificultades económicas propias de una viuda.

Su tío, el párroco de Esquivias, Juan Palacios se hace cargo de la educación de la niña y parece que lo hizo bien, incluso demasiado bien, Catalina sabía leer y escribir, algo infrecuente entre las mujeres de la época, e incluso latín.

Parece ser que su educación fue muy liberal, y salió una muchacha desenfadada y con unas libertades impensables para las muchachas de aquella época. ¿se acuerdan de Marcela, la moza que se echó al campo?

De alguna forma, nuestro escritor, probablemente a través del párroco de Esquivias, entró en contacto con Catalina.

Ella contaba, ya de madura mujer casada, como le impresionaron las aventuras que Miguel le contaba, su participación en la batalla de Lepanto y sus heridas, su cautiverio en Argel, sus vivencias en ciudades  como Milán, Roma, Venecia, Toledo o incluso Valladolid.

A los tiernos ojos de una muchacha de pueblo de diecinueve años la imagen de aquel hidalgo, casi quince años mayor que ella, se fue idealizando hasta convertirlo en su héroe.

Su tío el párroco aprovechó la ocasión y viendo que aquel caballero, que había hallado una buena acogida en el pueblo, también parecía estar a gusto hablando con su sobrina, vio la posibilidad de mayor compromiso y manejó la ocasión con sabiduría, habilidad y evidente picardía

Cervantes acudía a la parroquia para, teóricamente,  visitar a Don Juan, pero lo hacía de forma que, cuando éste terminaba sus clases con su sobrina, ella se quedaba con ambos y muchas veces, si don Juan tenía algo que hacer, cuando doña Catalina contaba esto siempre ponía una expresión de picara complicidad, se quedaban solos hablando de sus cosas durante largo tiempo, algo impensable para la moralidad del momento.

Seguro que nuestro hombre, que parecía tener una especial debilidad por las jovencitas, disfrutaba viendo los admirados ojos de Catalina fijos en él, así que el párroco pronto concertó la boda y apenas dos meses después Miguel de Cervantes y Catalina Salazar contraían matrimonio en la iglesia de Esquivias el 15 de Diciembre de 1584, con el compromiso por parte del novio de aportar cien ducados a la economía familiar.

En principio viven en el propio Esquivias, pero es fácil comprender que para Cervantes, que ha vivido en Venecia, Nápoles, Roma e incluso Valladolid o Toledo, el pueblo de Esquivias se le viene encima.

En general el matrimonio pronto aparenta no ser excesivamente feliz y Miguel de Cervantes apenas da noticias de él, dan la impresión de estar distanciados, curiosamente él inaugura el término divorcio en una sociedad católica que no lo conocía ni admitía, en su entremés El juez de los divorcios concluye asegurando que “más vale el peor concierto que el mejor divorcio”.

Pero probablemente no es cierto.

Además, tiene que dejar Esquivias con mucha frecuencia y por largos periodos de tiempo, para desplazarse a donde sus compromisos personales o las órdenes del rey Felipe le mandan: en aquellos momentos a Sevilla, como administrador de los abastecimientos de la llamada Armada Invencible.

Él previamente hace un poder en favor de mujer autorizándola a realizar cualquier tipo de operación de compra venta de tierras o bienes, se supone que su idea es dejarla en las mejores condiciones posibles. Ya se han cubierto los compromisos matrimoniales, la dote de ella se ha entregado y él ha desembolsado los cien ducados concertados, todo está bien.

Pero mientras el viaja sin parar, Catalina sigue firmemente instalada en la casa de Esquivias.

Cervantes es finalmente nombrado recaudador regio en algunas provincias andaluzas, para acceder a este título tiene que hacer un depósito de una fuerte cantidad de dinero, para lo cual dispone de su propio patrimonio y de algunos bienes de su esposa.

Catalina se lleva un mal rato cuando a la muerte de su tío Juan Palacios, el párroco de Esquivias, la persona que la había educado e incluso la había casado, descubre que éste le deja una insultantemente exigua cantidad en su testamento. Es una prueba del malestar del párroco por la actitud de su extraño matrimonio y que la culparía a ella. Parece evidente que las constantes ausencias del marido habrían sido motivo de los más variados comentarios entre la gente del pueblo, comentarios nada halagüeños, por supuesto.

Los esposos se reúnen de vez en cuando, con motivos de índole familiar, las ordenaciones de los dos hermanos de Catalina, Francisco y Fernando, dan motivo para ello.

En 1602 parece que tomaron la decisión de romper con Esquivias, que tantos problemas les había traído, y trasladarse a la corte en Valladolid. Se trasladan todos, su madre y sus hermanas e incluso, como ya apunté, la viuda de su amigo Pedro Laynez.

Inmediatamente después se instalan en Madrid, nueva capital cortesana, sería aproximadamente sobre 1603 ó 4, Catalina rondaría los 40 años y nuestro protagonista los 57, pero Catalina debería estar de muy buen ver, pues se comenta que en estas andanzas capitalinas Lope de Vega, que andaría poco más o menos por la misma edad que Catalina, le tiró, con desvergüenza según las crónicas, los tejos y al ser rechazado por ella acusó de cornudo a Cervantes, lo cual Catalina nunca le perdonó

Es la época fecunda del escritor, en 1605 edita su más famosa novela El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, a continuación y siguiendo la fama de esta publicación lo hace con Las Novelas Ejemplares, estrena algunas obras de teatro, pero los éxitos económicos no son tan cuantiosos como para cubrir ciertos gastos extraordinarios: por ejemplo la enorme deuda que el padre de Catalina dejó al morir y que, mal gestionada por los hermanos, requiere aportaciones continuas que ellos no pueden solucionar.

En 1610 Catalina dicta testamento, en él deja heredero de todos sus bienes, salvo lo necesario para hacer frente a las deudas familiares, a su esposo, haciendo referencia explícita al “mucho amor” y “buena compañía” de que ambos han disfrutado, pidiendo ser enterrada en el coro de la iglesia de Esquivias junto a los restos mortales de su progenitor

Nuestro personaje y Catalina, se sabe que tuvieron que retornar por un tiempo a Esquivias, quizás tanto para descansar un cierto tiempo, Cervantes ya da síntomas de necesitar cuidados tanto para su enfermedad, es diabético, como para aliviar su maltrecha economía.

En un año están de nuevo en Madrid, son los últimos años de nuestro escritor, enfermo y muy quebrantado, aún escribe la comedia Los trabajos de Persiles y Segismunda, obra típicamente bizantina

Comienza el 1616 con Miguel de Cervantes muy enfermo, la diabetes le tiene postrado y consumido, ha profesado en la Orden tercera de San Francisco, donde también lo habían hecho tanto ella, Catalina, como sus cuñadas, las “cervantas”.

Miguel de Cervantes muere el 23 de Abril de 1616 ¿o el 22? y Catalina cuenta que a despedir el cadáver de su marido acudieron multitud de personas y personalidades, entre ellos estuvo Lope de Vega, ella pudo expulsarlo e impedir que rindiera respeto a quien tanto había injuriado, pero no hizo nada, le permitió inclinarse ante él y saludarla respetuosamente a ella, que no le correspondió. Ella era una señora.

Catalina aún vivió diez años más, se encargó de la publicación de la última obra de Miguel de Cervantes, obra que el autor no pudo terminar de corregir pues murió antes,  y cerca del fin de sus días cambió su testamento dejando expresa voluntad de ser enterrada en el mismo convento de los trinitarios.

Quiero enterrarme ― expresa en su testamento ― en el monasterio de las Trinitarias, junto a mi esposo al que tanto amé en vida

Y así se hizo.

Ana Villafranca de Rojas.

Ana Villafranca  de Rojas, nació en Madrid en el 1564, de la familia de los De Rojas, cuyo más recordado miembro Fernando de Rojas fue un reputado y conocido escritor, de ascendencia judía, que fue el autor de la famosa Tragicomedia de Calisto y Melibea  también conocida por La celestina.

Su padre, Juan de Villafranca, era un modesto comerciante de lanas y ella, tal como era corriente en las mujeres de la época, apenas recibió formación ni cultural ni laboral, pronto entró a servir en casa de una tía suya casada con un alguacil, Marín Mújica, el cual por cierto después estuvo implicado en el asunto Antonio Pérez.

Cuando su tía muere le deja un legado de cien ducados, con la pretensión de que este capital la ayude a encontrar marido, y lo encuentra, el 11 de agosto de 1580 contrae nupcias con un tal Alonso Rodríguez, asturiano a la sazón, trabajador de oficios diversos pero todos relacionados: tratante de ganado, arriero, vendedor y transportista de vinos y actividades similares, el cual estuvo encantado en recibir la dote de la joven.

Con este dinero abrieron una taberna en la calle Tudescos, en pleno centro artístico de Madrid, que era un lugar frecuentado por actores, dramaturgos, directores teatrales y gente relacionada con el mundillo del arte escénico. En un local de aquella calle Lope de Vega cayó enfermo y ya no se recuperó.

Por aquellos años Cervantes acababa de volver de un trabajo que le habían encargado y que se resumía en recorrer, por orden del rey, las costas del norte de África e informar de lo que viese, lo hizo a satisfacción del peticionario y volvió a España a descansar.

Parece ser que, por aquella época, alquiló un piso por la zona alta de Antón Martin, núcleo popular de la zona y se desplazaba a la zona de Tudescos donde se reunía la gente del teatro, la crítica y la literatura.

En aquellas fechas nuestro personaje estaba negociando editar su obra Los baños de Argel (terminada en 1582) y posiblemente estuviese trabajando en una de sus mayores obras La destrucción de Numancia (terminada al año siguiente). La ardua negociación se llevaba a cabo en locales situados en la zona de Tudescos y, aunque era una buena caminata desde su alojamiento, nuestro hombre la andaba encantado con tal de llevar a buen término las negociaciones en curso.

Las negociaciones como las que nuestro caballero estaba realizando se hacían, una vez encontrado el interlocutor adecuado, sobre la base de mucha charla y mucho vino.

Para ello era normal e incluso aconsejable ser cliente habitual y paciente de esos centros de encuentros, entre los que se encontraba la taberna donde nuestra amiga Ana hacia de camarera, dependienta y anfitriona las más de las veces supliendo la ausencia de su marido, ocupado en recorrer caminos con sus mercancías a cuestas comprando y vendiendo.

Y ya tenemos a nuestro personaje en el “teatro de operaciones”

Toda esta historia que les voy a contar a continuación fue llevada en total y discreto silencio por la familia Cervantes, solo salió a la luz cuando Isabel, la hija de él y Ana Franca, de quien  hablaremos algo más adelante, quiso reclamar su parte en la herencia.

Prosigo con la historia de Ana Villafranca .

Si tal ocurrió no es extraño que nuestro caballero, rondando los 35 años, conociera a nuestra Ana, que, esas fechas, ya había tenido una hija a la que puso por nombre Ana.

Como todas las mujeres del Quijote,  Ana apenas tiene 20, y debió de surgir una fácil amistad que pudo convertirse en apasionado romance.

Cuentan las crónicas que, en una de esas arduas discusiones con editores,  quizás pudo llegar a un acuerdo, pero su estado etílico era tan lamentable que su amiga Ana vio que sería imposible que su amigo Miguel pudiera llegar a su lejano alojamiento allá por Antón Martín, así que lo acogió, lo mimó y se lo llevó a que durmiera en una habitación escusada que en el fondo de la taberna existía y, ya puestos, Miguel aún tuvo fuerzas suficiente para satisfacer las necesidades de su joven, ardiente y poco satisfecha amiga, y una vez hecho ya nada les impidió seguir haciéndolo.

Fruto de estas alegrías, facilitadas por las continuas ausencias del marido, en 1584 nace una hija como consecuencia de esa relación, se le pone el nombre de Isabel y el tabernero, que no sospecha nada, la acepta como propia.

Cervantes temeroso de una posible reacción violenta del tabernero al saber lo que estaba pasando entre su mujer y su cliente, algo que parecía ser conocido por algunos parroquianos, aprovecha su viaje a Esquivias y se casa con la que sería su “legítima” a finales de ese mismo año, quizás fue una forma de alejarse de la taberna donde su amor seguía casada.

Ana de Villafranca muere en 1599, muy joven, apenas 35 años, ya había muerto su marido el tabernero casi diez años antes y ella regentaba el negocio, por lo que sus dos hijas pasaron a la custodia del Alcalde de Casa y Corte como era preceptivo.

Sorprendentemente al poco tiempo se presenta ante éste Magdalena Cervantes y requiere la adopción de la joven Isabel, que ya cuenta con quince años, comprometiéndose a educarla, cuidarla y tenerla bajo su protección y amparo. Sin ningún problema le es entregada la muchacha y es obvio que Miguel de Cervantes está detrás de esta operación, ha conocido el fallecimiento de Ana Villafranca y se ha apresurado a convencer a su hermana para que vaya a por su hija Isabel. Él la reconoce como hija y pasa a llamarse Isabel de Saavedra.

Isabel vive con Magdalena quien la enseña, junto con Andrea, la hermana mayor y Constanza, la hija de esta, en las tareas de corte y confección de camisas, en lo que ya hemos comentado y según las crónicas eran muy expertas. Así Isabel se integra en la familia Cervantes como una hija más de Miguel. No consta que pasara a formar parte del grupo de las cervantas.

En esos momentos, si hacemos cuentas, nuestro protagonista debería estar por los 50, posiblemente estaba en la zona de Sevilla trabajando para el Tesoro Público del Reino.

Cuando en 1601 la corte se traslada nuevamente a Valladolid la población de Madrid quedó muy mermada y por lo tanto las cervantas, incluida Isabel, también tuvieron que emigrar haciéndolo al año siguiente.

Como quiera que “las cervantas” recibían a amigos placenteros ocurrió un incidente grave, uno de ellos apareció muerto de una puñalada, siendo persona principal se organizó un gran revuelo y Cervantes e Isabel, entre muchos otros incluidas “las cervantas”, fueron sometidos a interrogatorios, no se sabe que hubiera consecuencias desagradables, pero Isabel parece que nunca más frecuentó a sus tías Andrea, Magdalena y demás amigas.

Isabel tuvo una vida sentimental tan agitada como intensa, siempre con personajes principales y tuvo una hija cuya vida fue aún más turbulenta, pero eso escapa a nuestro objetivo.

Nuestra Isabel de Saavedra, a ella le gustaba anteponer el Cervantes, vivió una madurez dedicada al manejo del dinero en muchas facetas y casi todas con singular éxito. Falleció a los 68 años y dejó una pequeña fortuna con la que encarga un considerable número de misas por su alma. Fue enterrada junto a su madre Ana de Villafranca y su supuesto padre, a Miguel de Cervantes seguramente no le habría gustado, pero poco podría haber hecho, pues ya llevaba muerto y enterrado 36 años y en un lugar en el que Isabel nunca sería admitida.

Pero volvamos a Ana de Villafranca, llamada coloquialmente Ana Franca, aquella joven y bulliciosa muchacha de la taberna de la calle Tudescos, aquella que tan bien congenió con el adusto hidalgo llamado Miguel que le contaba sus batallas y su peripecias a lo largo de todo un mundo, que la miraba a los ojos mientras le hablaba y la hacía sentir una mujer diferente. Ella a quien nunca ningún hombre le había hablado así y sentía en su cuerpo sensaciones jamás percibidas.

Nunca supo lo que realmente él sintió por ella, seguramente, pensaba ella, la consideraría una muchacha inculta, alegre  y un poco alocada, con cuya charla mataba el tiempo hasta que llegaba aquel con quien estaba citado. Y con la que, en más íntima compañía, disfrutaba de momentos de rara felicidad.

A ella le quedaba un recuerdo imborrable, estaba embarazada y casi seguro que nuestro hidalgo lo sabía, no sería aventurado pensar que eso influyó en su decisión de alejarse de aquella chiquilla, que podría verse en muchos problemas, y él también, si el tabernero descubría lo que no debía descubrir.

¿Estuvieron en posteriores contactos epistolares Ana y él? Quien puede saberlo, Ana no sabía leer ni escribir, pero, de alguna forma, Cervantes debió saber que Ana había dado a luz una hija, su hija Isabel, y años después también de su fallecimiento, apresurándose a organizar la forma de rescatar a su hija Isabel y adoptarla como propia, se lo debía a su Ana.

Ella quizás pensó ser poca cosa para aquel hidalgo escritor y poeta a quien había aprendido a querer de una forma diferente a lo que ella conocía. Posiblemente pensó que la vida continuaría su ritmo inexorable: él la olvidaría y, si acaso, sería solo un fugaz recuerdo, sería una más.

Pero se equivocaba, ya en su madurez, cuando los juveniles recuerdos vuelven a la memoria, Miguel de Cervantes siempre recordó aquellos momentos, aquella chiquilla de risa nerviosa e ilusionada, aquel hablar en voz baja y con los ojos fijos en el otro, como si el mundo no existiera, aquella entrega tan dulce o tan violenta, tan tierna o tan salvaje

¡Ah! su dulce Ana.

¡Su Dulcinea!

¡Vale!

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