Hermoso lienzo de 330 x 516 pintado por Muñoz Degrain en 1884, tenía 44 años estaba en su apogeo artístico, actualmente en el Museo del Prado.

Los amantes de Teruel

Es quizás el más bello cuadro dentro de la pintura histórica tan en boga en aquellos tiempos, pues a pesar de la tensión y el dramatismo de la obra el autor juega con unos colores vivos y muy bien dosificados, unos empastes atrevidos, un eficaz uso de los colores complementarios y un diseño pictórico tan conseguido que aportan a los «Los amantes de Teruel» una sensación de equilibrio en las formas y los colores que las forman. El espectador se siente sumergido en el espacio pictórico como un asistente más, testigo de lo que allí está pasando.

Admiremos la distribución de la luz

No proviene de las ventanas que se ven al fondo, pues están veladas con unos paños, se ve que quien preparó el funeral buscaba un ambiente recogido y triste de acuerdo a la ceremonia que se iba a celebrar.

Sin embargo la escena que nos afecta está iluminada por una luz cenital indefinida,  como mágica, que ilumina solamente la escena central, pero la ilumina sin estridencias, con suavidad, dando a cada objeto la apariencia real que le corresponde, no hay brillos excesivos ni sombras lúgubres, está tan equilibrada que realmente esa luz pasa inadvertida, el espectador no se pregunta de dónde viene, simplemente está y en la cantidad y calidad necesaria para mostrar lo que el artista quiere que se muestre.

La leyenda que cuenta es la siguiente

Se trata de las historia de amor de dos jóvenes turolenses y se desarrolla en el siglo XIII, ella se llamaba Isabel de Segura, cuando comienza esta historia ella debía de tener alrededor de quince años y era la heredera de una casa rica, el era un joven llamado Diego Marcilla, de noble rango pero absolutamente pobre.

Se conocieron en una misa y de inmediato se enamoraron perdidamente, pronto Diego le propuso matrimonio, ella no puso objeción, pero impuso como condición que su padre debía de aprobarlo, pero siendo él pobre sabían que eso no ocurriría, Diego decidió ir a probar fortuna en la milicia y pidió a Isabel que le esperara durante cinco años.

Diego se marchó e Isabel siguió con su vida, tuvo algunos pretendientes, pero cuando su padre la instaba a contraer matrimonio ella argüía que lo haría cuando tuviera veinte años, que aún era muy niña y no sabría llevar una casa.

Pasaron los cinco años e Isabel no tuvo noticias de Diego, llegó a pensar que quizás hubiera fallecido en alguna batalla, así que, cumplido el plazo, aceptó la proposición de su padre de contraer matrimonio con Don Pedro de Azagra ricohombre de Albarracín.

El mismo día de la boda se presenta Diego Marsilla y se entera que su amada Isabel acaba de casarse, de alguna forma entra en casa del nuevo matrimonio,  suavemente despierta a Isabel y se da a conocer, ella le argumenta que le había dado por muerto y que su amor ya es imposible, él le pide un beso de despedida y ella se lo niega “por guardarle a su esposo su fe de mujer honrada”, el insiste en que si no se lo da morirá allí mismo, ella vuelve a negarse y Diego cae muerto al suelo .

Isabel despierta a su marido le cuenta lo que ha pasado y él decide que hay que sacarlo de la casa, de alguna forma consiguen dejarlo en casa de su padre.

La siguiente escena ya es en la iglesia de San Pedro en Teruel, durante el funeral Isabel no pude resistir su congoja y lanzándose sobre el cadáver de Diego le da el beso que le había negado, tan largo se hace el beso que las dueñas se le acercan para advertirla que lo que hace no se corresponde con su estado y educación y entonces se dan cuenta de que ella también ha muerto.

Y esa es la leyenda contada por Eugenio Hartzenbusch en 1837 sobre «Los amantes de Teruel».

La famosa doble tumba con el exquisito detalle de las manos que se juntan pero no se tocan, escultura en mármol obra de Juan de Ávalos, estuvo en esa misma iglesia aunque actualmente han montado un “Museo de los Amantes“ anexo al templo y la han trasladado allí.

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Los amantes de Teruel

Bien, volvamos a los amates de Teruel

Representa el momento en que las dueñas se acercan a donde Isabel de Segura esta recostada sobre el cadáver de Diego Marsilla, en ese momento se dan cuenta de que ella ha fallecido también, el sacerdote que está oficiando se vuelve sorprendido a oir el alboroto.

Diego está en un sencillo ataúd pero sobre un esplendido catafalco de bronce que le da prestigio y honor, en el se ve unas letras que dicen “VIVA EL NOME E MUERA EL OME” una alusión a la gloria caballeresca, que va más allá de la propia vida.

Todo está perfectamente orquestado, las hojas y coronas de laurel, gloria al caballero vencedor, las rosas, un artístico incensario a la cabecera del féretro, el gran velón que Isabel a derrumbado en su alocada carrera hacia el difunto Diego, por supuesto la luminosa y colorida alfombra que aporta un nuevo y limpio color al conjunto, con sus pliegues reglamentarios y, por supuesto, el regio catafalco de bronce que Denis Belgrano ha diseñado con singular acierto y maestría.

Las gruesas pinceladas del vestido de Isabel de Segura dan volumen a su imagen y brillo a la seda, el tenue velo que la envuelve con rico bordado de oro dan prestancia a la figura, por cierto creo que la posición de Isabel de Segura es un tanto inestable, si realmente a fallecido lo normal es que se deslice hacia el suelo.

O yo  soy muy perverso o a mi me parece que la figura de mujer que está de pie al final, a la izquierda de esa especie de banco que hay detrás, está, más que indiferente a lo que está pasando, con una cierta despectiva sonrisa de satisfacción.

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