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Los amantes de Teruel – Muñoz Degraín

Hermoso lienzo de 330 x 516 pintado por Muñoz Degrain en 1884, tenía 44 años estaba en su apogeo artístico, actualmente en el Museo del Prado. Este cuadro fue premiado con una Primera Medalla en la Exposición Nacional de ese mismo año.

Nuestro personaje se encontraba en Italia, en Roma, como resultado del pensionado que le había concedido la Academia de Bellas Artes por el éxito de su obra “Otelo y Desdémona” en la Exposición de 1881.

Los amantes de Teruel

Los amantes de Teruel

Es quizás el más bello cuadro dentro de la pintura histórica tan en boca en aquellos tiempos, pues a pesar de la tensión y el dramatismo de la obra el autor juega con unos colores vivos, limpios y muy bien dosificados, unos empastes atrevidos y un diseño pictórico tan conseguido que aportan al cuadro una sensación de equilibrio en las formas y los colores de tal forma que el espectador se siente sumergido en el espacio pictórico como un espectador de lo que allí está pasando.

Por ejemplo, podemos sentir “físicamente” el frio bruñido del catafalco de bronceo, el pulido de las losas del suelo, o el tacto sedoso de la vestimenta de la protagonista, incluso percibimos el volumen y el tacto peculiar de la rica alfombra sobre la que se desarrolla la escena

Admiremos la distribución de la luz, no proviene de las ventanas que se ven al fondo pues están veladas con unos paños, se ve que quien preparó la ceremonia buscaba un ambiente recogido y triste de acuerdo a la ceremonia que se está celebrando, sin embargo la escena que nos afecta está iluminada por una luz cenital indefinida,  como mágica, que ilumina solamente la escena central, pero la ilumina sin estridencias, con suavidad, dando a cada objeto la apariencia real que le corresponde, no hay brillos excesivos ni sombras lúgubres, está tan equilibrada que realmente esa luz pasa inadvertida, el espectador no se pregunta de dónde viene, simplemente está y en la cantidad y calidad necesaria para mostrar lo que el artista quiere que se muestre.

Como era habitual en este tipo de obras el féretro se muestra al espectador situado oblicuamente, eso da una mayor profundidad a la escena y permite al espectador valorar mejor los diferentes volúmenes de la escena representada.

La leyenda que cuenta es la siguiente

Se trata de la historia de amor de dos jóvenes turolenses y se desarrolla en el siglo XIII, ella se llamaba Isabel de Segura, cuando se conocieron debía de tener alrededor de quince años y era la heredera de una casa rica, él era un joven llamado Diego Marsilla, de noble rango pero absolutamente pobre, se conocieron en una iglesia durante la misa y de inmediato se enamoraron perdidamente, pronto Diego le propuso matrimonio, ella no puso objeción pero impuso como condición que su padre debía de aprobarlo, pero siendo él pobre sabían que eso no ocurriría, Diego decidió ir a probar fortuna en la milicia y pidió a Isabel que le esperara durante cinco años.

Diego se marchó e Isabel siguió con su vida, tuvo algunos pretendientes, pero cuando su padre la instaba a contraer matrimonio ella argüía que lo haría cuando tuviera veinte años, que aún era muy niña y no sabría llevar una casa.

Pasaron los cinco años, nos situamos en 1214, e Isabel no tuvo noticias de Diego, llegó a pensar que quizás hubiera fallecido en alguna batalla, se comentó que Diego había participado en la batalla de Las Navas de Tolosa (1212), junto al rey aragonés Pedro II. Así que, cumplido el plazo, Isabel aceptó la proposición de su padre de contraer matrimonio con Don Pedro de Azagra ricohombre de Albarracín.

El mismo día de la boda se presenta Diego Marsilla y se entera que su amada Isabel acaba de casarse, de alguna forma entra por la noche en casa del nuevo matrimonio y suavemente despierta a Isabel y se da a conocer, ella le argumenta que le había dado por muerto y que su amor ya es imposible, él le pide un beso de despedida y ella se lo niega “por guardarle a su esposo su fe de mujer honrada”, el insiste en que si no se lo da morirá allí mismo, ella vuelve a negarse y Diego cae al suelo muerto. Isabel despierta a su marido le cuenta lo que ha pasado y él decide que hay que sacarlo de la casa, de alguna forma consiguen dejarlo en casa de sus padres.

La siguiente escena ya es en la iglesia de San Pedro en Teruel, durante el funeral Isabel no pude resistir su congoja y lanzándose sobre el cadáver de Diego le da el beso que le había negado, las dueñas, alertadas por la desaforada carrera de Isabel hacia el féretro de Diego, viendo como ha tirado al suelo el velón, se le acercan para socorrerla en su alocada actuación y cuando ven como Isabel besa a Diego le advierten que lo que hace no se corresponde con su estado y educación y justo entonces se dan cuenta de que ella también ha muerto.

Y, poco más o menos, esa es la leyenda, muy simplificada, contada por Eugenio Hartzenbusch en 1837.

La famosa doble tumba conmemorativa con el exquisito detalle de las manos que se juntan pero no se tocan, escultura en mármol obra de Juan de Ávalos, estuvo en esa misma iglesia, aunque actualmente han montado un “Museo de los Amantes“ anexo al templo y la han trasladado allí.

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Los amantes de Teruel

Bien, volvamos a los amates de Teruel

Esta recostada sobre el cadáver de Diego Marsilla, en ese momento se dan cuenta de que ella ha fallecido también, el sacerdote que está oficiando se vuelve sorprendido al oír el alboroto.

Diego está en un sencillo ataúd, pero sobre un representa el momento en que las dueñas se acercan a donde Isabel de Segura espléndido catafalco de bronce que le da prestigio y honor, en él se ve una frase que dicen “VIVA EL NOME E MUERA EL OME” una alusión a la gloria caballeresca, que va más allá de la propia vida.

Todo está perfectamente orquestado: las ramas y coronas de laurel, gloria al caballero vencedor, las rosas, el gran velón que Isabel a derrumbado en su alocada carrera hacia el difunto Diego, un artístico incensario a la cabecera del féretro, junto a él nuestro pintor ha situado un cojín con huellas de que alguien se ha arrodillado sobre él, es un astuto truco para no dejar espacios vacíos y mantener el ritmo de la composición, la luminosa y colorida alfombra que aporta un nuevo y limpio color al conjunto, con sus pliegues reglamentarios y, por supuesto, el regio catafalco de bronce que Muñoz Degraín ha diseñado con singular acierto y maestría.

Las gruesas pinceladas del vestido de Isabel de Segura dan volumen a su figura y brillo a la seda, el tenue velo que la envuelve con rico bordado de oro da prestancia a la figura, por cierto creo que la posición de Isabel de Segura es un tanto inestable, si realmente a fallecido lo normal es que se deslice hacia el suelo, pero tiene su explicación

Una osada audacia de Muñoz Degrain: está asumido que el cuadro refleja el punto álgido del romance entre Isabel de Segura y Diego Marsilla, pero hay ciertos detalles que nos plantean una interesante reflexión, por un lado las facciones de Isabel tienen el color rosado de una persona viva, pero por otro algo nos alarma porque justo debajo de su mano, una rama del laurel que adornaba el cadáver del Diego Gran Guerrero y que ella debía de haber cogido para poder besarlo, se le desprende de la mano y cae hacia el suelo y ese es el instante que el artista inmortaliza, es el momento de la muerte de Isabel, y por eso ella aún permanece como apoyada contra el féretro de Diego, un par de segundos después resbalará y  quedará tendida en el suelo ¡¡Increible!!

O yo soy muy perverso o a mi me parece que la figura de mujer que está de pie al final, a la izquierda de esa especie de banco que hay detrás, está, más que indiferente a lo que está pasando, con una cierta despectiva sonrisa de satisfacción.

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