Antonio Muñoz Degrain pintó este cuadro de 200 x 300 en 1866, cuando tenía 24 años, actualmente se le puede ver en el Museo del Prado.

En el ranking de paisajes pintados por artistas del pincel, que en el mundo hayan existido, este cuadro debe de figurar en los primeros puestos.

«Paisaje del Pardo al disiparse la niebla» fue presentado en la Exposición Nacional de Madrid de 1867 y fue galardonado con una mención honorífica, lo que debe interpretarse como un enorme éxito en un muchacho apenas conocido, de 24 años y que además presenta un paisaje, tema contemplado como  menor en una época en la que se le daba más valor a la pintura histórica, pero la calidad del tal paisaje no pudo dejar indiferente a los miembros del jurado, ni a los espectadores.

Paisaje del pardo al disiparse la niebla

Todo está magistralmente representado

Las diferentes nubes, las lejanas cumbres, el cercano riachuelo, las diferentes masas forestales, sus transparencias, el personaje.

Las nubes de lluvia, que habían provocado la niebla, se van por la derecha, son oscuras y se marchan ya deshilachadas, tras su paso se abre un brillante cielo aún cubierto por altas nubes blancas que transmiten su brillos al húmedo paisaje que se va descubriendo, el espectador puede sentir el húmedo frescor que queda tras la lluvia e incluso se puede oler el aroma de la tierra y las plantas mojadas,

Las agrestes cumbres de la Sierra de Guadarrama se perciben claramente en la lejanía, Denis les da el tratamiento de color necesario para que sintamos su distancia, y disfrutemos de la limpieza del aire después de la lluvia, así podemos verla nítidamente con todo su bravío esplendor.

El contrapunto a esa agreste imagen es el plácido arroyuelo que discurre en primer plano, su tersa superficie refleja, tanto el blanco y luminoso cielo como las numerosas plantas que se acumulan en sus orillas.

En el «Paisaje del Pardo al disiparse la niebla» la sinfonía de verdes es infinita y el maestro la ha manejado con sabiduría y conocimiento, permitiéndonos apreciar los diferentes núcleos de arboles o plantas o incluso el verdear de la tierra mojada.

Toda la imagen gira alrededor de ese enorme árbol que ocupa la parte central de cuadro, puede ser un enorme olmo, que aparece rodeado de otros ejemplares más jóvenes y que forman una especie de bosquecillo que sigue por el fondo de la derecha.

El contrapunto lo forma ese guardia jurado, perfectamente diferenciable con su colorista uniforme, él es un experto en el clima de la zona y sabe que no volverá a llover en cierto tiempo, por eso ha salido a dar una vuelta, vemos que se acerca al rio a lomos de su caballo para que éste pueda beber, además de poner una nota de color nos ayuda a comprender las dimensiones del entorno que lo rodea y trasladarnos la impresión de majestuosidad que domina el ambiente.

Aunque apenas se ve, hay un pato nadando en el centro del cuadro, en la parte baja, si se sigue la estela que va dejando sobre la superficie del agua es fácil encontrarlo, pues esta casi perdido en el reflejo del olmo sobre el agua

Estos paisajes de la llamada Sierra Pobre fueron posteriormente muy utilizados por otros pintores, cuando poco a poco el paisaje fue consiguiendo prestigio, camino que ya había comenzado de la mano de Carlos de Haes, quien, por cierto, fue profesor de nuestro artista en la Escuela de Bellas Artes de san Telmo en Madrid en la Cátedra de Paisajismo, de quien podemos decir que cumplió perfectamente con su docencia, consiguiendo un alumno excelente que captó con exquisita intensidad el amor del maestro por el paisaje.

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